¿Pero, sigo siendo el rey………?

Desde niño me educaron en la idea de que no debía cuestionarme nunca mi naturaleza de depredador habitual de todo lo vivo. De todo podía disponer y asimismo todo podía servirme de alimento siempre que me gustara su sabor y pudiera cazarlo o pagarlo. Pero como supuestamente lo que me diferencia del resto de los animales es mi “gran inteligencia “, algunas veces, no puedo evitar que mi humana mente dude y se pregunte:
-¿Porque yo, como “animal superior y rey de la creación”, necesito alimentar mi cuerpo con una nutrición basada en la esclavitud y en la sobreexplotación de vacas, corderos, conejos, pollos, salmones, truchas, doradas y gran multitud de otras especies….?
– ¿Es vital para mi supervivencia la ingesta de proteínas de origen animal, o, es tan sólo una cuestión de cultura y costumbres?
– ¿Porqué estos animales, muchos de ellos mamíferos de sangre caliente, con padre y madre como yo, deben morir para que yo viva….?
– ¿ De cuanta muerte, sangre y sufrimiento ajenos debo nutrirme para poder vivir?
– ¿ Debo pues, agradecer mi supervivencia a mi ausencia de compasión hacia otros seres vivos?
– ¿ La selección natural de las especies, tiene algo que ver con la propia naturaleza o la hemos impuesto así los humanos a los “otros”?
– ¿ Soy un glorioso vencedor o sólo un patético vencido que modera su insatisfacción con las presas que me ofrece el mercado..?
Tenemos un perrito blanco lanudo que se llama Txuri, algunas veces, tumbado, parece un corderito. Ayer cuando le estaba acariciando comprobé que sus patas eran del tamaño de esas paletillas que sirven horneadas en tantos asadores con guarnición de patatitas. Por un momento me puse a reflexionar sobre si existe algún motivo para que las personas, no nos comamos a nuestros perros, cuando tenemos hambre.¡Si parecen tan tiernos…!. Llegué a la conclusión de que, si no nos los comemos, es simplemente porque no nos apetece y también porque nos da pena, ya que hemos vivido momentos muy agradables con ellos. También creo que no nos los comemos porque les hemos mirado muchas veces a los ojos y en ocasiones, sólo ellos nos han visto hacer cosas tan íntimas como llorar o hablar solos. Por eso cuando vamos a la carnicería, preferimos que nos despachen un trozo de carne que no tenga unos ojos que nos recuerden que junto a ese pedazo de materia nutritiva, hubo alguna vez un ser vivo con un corazón que latía y cuyo único propósito en la vida era solamente vivirla con entusiasmo hasta el final. Seguramente si pudiéramos ver la última mirada de todos esos pollitos, terneras, corderitos, etc, momentos antes de que fueran sacrificados y desollados, se nos quitarían las ganas de comérnoslos.

Por un momento, me imagino que estoy sentado sobre una roca lisa a la entrada de una gran caverna y que, siendo un homínido, todavía no sé que soy un “homo habilis”. La mayor parte de mis compañeros machos, con los que comparto la cueva, han salido a cazar o a buscar los restos, la carroña, que otros grandes carnívoros hayan podido abandonar. Veo una imponente figura envuelta en pieles que con las manos untadas del pigmento rojizo y negro de algunas piedras, pintarrajea las paredes de la gruta con las siluetas de la gente de su clan y de otros animales que conoce. Siempre había pensado que era un hombre, un brujo que con sus dibujos intentaba propiciar una benéfica correlación con lo misterioso, con lo desconocido, pero observo que entre los guiñapos de las ajadas pieles, asoma un pecho de mujer. Esto me confirma lo que siempre había sospechado: que la mujer es la que siempre está más en contacto con lo oculto, con lo invisible y al mismo tiempo, que una avezada decoradora de interiores habita en cada una de ellas ser recolector, conservador y custodio de los frutos que tan gentilmente me regala la tierra. Y así pensaba continuar.

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